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“Karl Lagerfeld dijo que la vanidad es lo más saludable de la vida”, cita Kaz Kaan la primera vez que se enfrenta a un demonio en la serie. No sé si será cierto o no, pero me parece apropiado comenzar este artículo con esa frase por dos razones: la primera de ellas es que, irónicamente, si de algo no peca Neo Yokio es de orgullo o vanidad; la segunda es que la nueva apuesta original de Netflix puede interpretarse como una crítica al sistema capitalista en el que vivimos.
Pero tranquilos, porque esto y mucho más lo desarrollaré a continuación. De momento me gustaría invitaros a que os pongáis cómodos mientras os doy la bienvenida a la mejor ciudad del mundo.
Neo Yokio comienza con un vídeo propagandístico sobre lo genial que es Neo Yokio; no la serie, evidentemente, sino la ciudad que le da título. Esta breve introducción sirve para ponernos en situación y hablarnos un poco de la magistocracia, una élite de magos ricos que se dedican a eliminar demonios.
Precisamente nuestro protagonista, Kaz Kaan, es un magistócrata veinteañero sin muchas ganas de trabajar porque añora a su ex-novia. Por suerte, su tía Agatha y sus amigos se ocuparán de que Kaz vuelva a ponerse las pilas y viaje por Neo Yokio en busca de demonios, entre otras cosas sin sentido.
Gracias a este párrafo que acabáis de leer seguramente penséis que el planteamiento de Neo Yokio no es muy distinto al de cualquier anime de temporada o incluso al de un JRPG; pero la gracia de la serie reside precisamente en que es una parodia de todos los tópicos de anime habidos y por haber. Bueno, vale, no todos, pero sí muchos: Neo Yokio parodia al clásico protagonista de anime edgy y sobrado llevando ese topicazo hasta el absurdo. Para que os hagáis una idea, Kaz tiene su propia tumba e incluso va a visitarla y llevarse flores a sí mismo.
También tiene un mayordomo mecánico sospechosamente parecido a un Gundam, así que en este caso los mechas dejan de ser armas poderosas para convertirse en sirvientes de los ricos y, de paso, hacer las veces de método de transporte rápido. Tampoco podían faltar el rival listillo, que en este caso es Arcangelo, un rubio guaperas, o el uso y abuso de personajes con pelo de colores llamativos. Y, por supuesto, no están ausentes las referencias a anime concretos, como Ranma y alguna otra más que no diré para que la descubráis vosotros mismos.
Cuando empiezas a ver Neo Yokio te preguntas qué estás mirando. Luego pasas a reírte y comienzas a apreciar la serie de forma irónica. Cuando llegas a los últimos capítulos terminas aplaudiendo y reconociendo que Netflix, una vez más, ha vuelto a acertar. ¿Por qué? Habrá quien diga que Neo Yokio es un insulto al anime, pero para mí es justamente lo contrario: es un homenaje en clave de humor rebosante de imaginación. A mí me ha recordado a cuando vi Samurai Flamenco en 2014: al igual que esta, Neo Yokio es una de esas series tan malas que resultan ser geniales al final.
Porque, no nos engañemos, el argumento de Neo Yokio es simple y muchas veces los plot points no conducen a ninguna parte o los personajes averiguan cosas simplemente porque sí. Pero, al mismo tiempo, cuando en una serie un traje de color azul marino o una tableta de Toblerone se convierten en elementos necesarios para que la historia progrese, sabes que el ingenio del guionista es increíble; sobre todo porque no hay forma alguna de ver venir la mayoría de los giros de guion absurdos. Si algo no es Neo Yokio es predecible, desde luego. Tiene, en definitiva, ese je ne sais quoi que la hace irresistiblemente encantadora.
Al principio de este artículo dije que Neo Yokio no peca de vanidad y lo mantengo; creo que en ningún momento intenta ser seria y, por eso, no podéis verla esperando una obra maestra porque no lo es. Sin embargo, si la abordáis como entretenimiento para reíros un rato en una tarde aburrida, os encantará, os lo garantizo.

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Otra cosa que caracteriza a Neo Yokio es la cantidad de lecturas posibles que no escaparán a los espectadores con ojo atento; por ejemplo, algo que me ha sorprendido gratamente es ver que la serie trata temas LGTB+ y de género mucho mejor que el grueso de las obras de ficción modernas. No es ninguna broma: hay una escena genial en la que Lexy, uno de los amigos de Kaz, le explica al protagonista (que se está comportando como un auténtico cretino) que el género no es algo binario, sino un espectro. Sólo dura un minuto escaso, pero admito que Neo Yokio es el último sitio en el que me esperaba ver un tema así de delicado tan bien explicado.
Y, como ya anticipé en la introducción, también hay una crítica muy evidente al capitalismo, porque no todo en Neo Yokio son memes de Toblerone, aunque lo parezca. Al principio veremos la ciudad a través de los ojos del protagonista que, como ya sabemos, es un aristócrata cuya única preocupación es estar el primero en el ranking de solteros (sí, hay una pantalla encima de un rascacielos con un ranking de solteros neoyokiotas). La suya es una vida acomodada, llena de lujos y ropa carísima de firmas famosas.
Kaz pasa sus días viendo partidos de tenis, jugando al hockey con sus amigos, posando para sesiones de fotos para el Martini Caprese, asistiendo a cenas de gala y cazando algún que otro demonio ocasionalmente. Pero la crítica contra ese estilo de vida no tardará en aparecer encarnada en el personaje de Helena Saint Tesoro, una bloguera de moda que, tras un percance con un demonio, pasa de vestir trajes de Chanel a transformarse en una hikikomori dejada que sólo lleva una bata de hospital y vendas. Helena deja atrás el mundo en el que se mueve Kaz y lanza constantemente frases lapidarias contra ese frívolo e hipócrita universo en el que el dinero y ser el más guay y mejor vestido lo son todo.
Pero la crítica no acaba ahí, pues Helena cuenta con un grupo de seguidoras que se hacen llamar helenistas que, tras su radical cambio de look, adoptan el mismo aspecto dejado con bata de hospital incluida que lleva ella. Creo que es importante ver eso como una crítica a lo frío y superficial que es en realidad el mundo de la moda. La ropa y nuestro estilo de vestir, que deberían formar parte de nuestra personalidad y ser únicos, terminan haciéndonos iguales porque al final copiamos al bloguero o la youtuber de turno que dicta qué es lo que se lleva o deja de llevar. En este sentido, desde luego, Neo Yokio me parece una obra brillante, pues ataca ese mundo desde dentro, ya que no paran de mencionarse marcas y nombres de diseñadores.
Además, una nueva crítica al capitalismo aparece al final, cuando los habitantes de los barrios humildes de Neo Yokio les tiran cosas a los ricos durante el Grand Prix. Y es que quizás Neo Yokio no es una ciudad tan perfecta como nos la pintaron en el anuncio.

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He hecho varias lecturas interesantes de la serie y ahora me gustaría hablar un poco de algunos personajes secundarios que me han llamado la atención; el elenco de Neo Yokio en general es francamente tronchante, pues hasta los personajes menos relevantes resultan divertidísimos. Hay un grupo de colegas pelotas que siempre acompañan a Arcangelo y que van vestidos con chaqueta de traje y con pantalón corto; están a medias entre asistir a algo formal o pasar un día en la playa.
Y también tenemos el peculiar personaje del Recordador, que aparece en dos capítulos y que realmente no se sabe muy bien cuál es su función. Es una especie de juez que actúa como brazo de la ley cuando alguien perturba la paz de la ciudad, dedicándose a la busca y captura de terroristas y demás.
Por otro lado, la banda sonora está formada principalmente por piezas de música clásica o de inspiración clásica. Es curioso porque Neo Yokio inventa incluso un nuevo género musical llamado house gregoriano, mezcla de música house y cantos gregorianos, en otra de mis escenas favoritas de la serie.
Antes de escribir la conclusión y despedirme me gustaría mencionar también que la duración de Neo Yokio me parece totalmente acertada. Son sólo seis capítulos de unos 20 y pocos minutos pero en ese breve espacio le da tiempo a contar muchísimas cosas, como creo que ya se ha hecho patente en este análisis.

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Es curioso cómo, antes de enfrentarme al papel en blanco, no sabía muy bien qué decir sobre Neo Yokio, aunque tenía algunas ideas. No obstante, fue sentarme frente al documento de Word y las palabras comenzaron a fluir de mis dedos como por arte de magia, mi teclado casi echaba humo; creo que eso forma parte de la maravilla que es escribir y que, ciertamente, viene dado también por la necesidad de explayarse sobre algo cuando no te ha dejado para nada indiferente.
Y, aun así, seguro que me habré dejado alguna que otra cosa en el tintero, como me pasa siempre. Es muy obvio a estas alturas, pero siento la necesidad de remarcarlo: Neo Yokio me ha gustado muchísimo, con sus pros y sus contras, mucho más que la mayoría de anime que he visto últimamente. Y por eso precisamente la recomiendo. No creo que sea brutalmente innovadora ni una joya, pero destaca lo suficiente como para tenerla muy en cuenta.
Quizás haya llegado la hora de desearos que la disfrutéis mientras saboreáis un delicioso Toblerone y escucháis un poco de house gregoriano. Yo, desde luego, ya lo tengo claro: Neo Yokio es la mejor ciudad del mundo. ¿O no lo es? Quién sabe.
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